"Campaná tiene un corazón que no le cabe en el pecho"

Braulio "Campaná" y Rosi, a la entrada del pueblo.:DELGADO

Tiene Rosi Ceborro (Calamonte, 1960) una mirada dulce. Sobre todo cuando mira a su marido, a Braulio Rodríguez (a Campaná, para enterdernos). Se casaron cuando ella cumplió los 21 años y se fueron a plantar zanahorias a Suiza "porque su padre decía que teníamos que casarnos si queríamos irnos", dice él.

El mote de Campaná se lo puso su padre, "por el fútbol y eso", dice él. "Poca gente me conoce por Braulio, la verdad", dice con una voz pausada, tranquila. "Parece serio", digo. "Sí es verdad", dice Rosi. "Pero eso es apariencia, luego es muy cariñoso y tiene un corazón que no le cabe en el pecho y me emociono cuando lo digo", dice Rosi, que a punto está de soltar una lágrima mientras le da vueltas incansablemente al descafeinado que tiene sobre la mesa.

Campaná tiene ese tono de los emigrantes que sienten que ni son de allí ni son ya de aquí. "Mis amigos de aquí cuando los veo me da una alegría enorme verlos, pero  a los veinte minutos ya no tenemos de qué hablar, normal"
Treinta y tres años dan para mucho en suiza. "El mejor momento, los mejores momentos, cuando nacieron mis hijas", dice él. "Claro, aunque en la primera tú no estabas, niño", tercia Rosi. "Pero yo lo pasé mal, niña, yo estaba allí solo", concluye. Y es que ella se tuvo que volver para dar a luz a María Jesús en España. De eso hace ya 30 años. "Es que al principio éramos temporeros y teníamos que volver a España tres meses al año", apunta él.

"El peor momento fue cuando murió mi madre, que además fue algo repentino y yo lo pasé muy mal", dice ella. "Yo", dice Campaná, "le dije que si quería nos volvíamos". Pero lo superó bien. "Él me ayudó mucho, la verdad. Cuando murió mi suegro también fue duro, pero ahí estuvimos los dos y es cierto que al principio se nos hizo duro por el idioma y las costumbres. Y porque yo no tenía contrato, él sí", afirma Rosi que reconoce que estaba ilegal. "Como muchos", remata él, rompiendo el mito ese de que los españoles durante la emigración siempre iban con contrato. "Pero ella con el idioma no lo pasó tan mal, porque ella se defendía con el francés". Y es que, paradojas de la vida, Rosi se fue a Francia con cuatro años porque su padre también fue emigrante y volvió a Calamonte con doce años para luego volver como emigrante. "También tuvimos suerte de que estuvimos con familia allí, con mi tío Machaco y con bastante gente de Calamonte: el Tardío, Chinato, Lateros, Pedro Avispa, el Bala, Juan Morgado, Triguito... y nos veíamos el fin de semana...".
"Pero en líneas generales nos ha ido bien: hemos tenido buenos trabajos, luego además de María Jesús llegaron Judith y Desiré, hemos tenido salud...;  no podemos quejarnos, afirma Rosi.

"Yo soy mucho de hacer cosas"

Claro, que además de la construcción, donde estuvo siete años, y los 23 que lleva montando suelos en otra empresa en Baar (en la zona alemana), Campaná ha dado que hablar. "Yo soy mucho de hacer cosas", dice. "Y las vacaciones no son para estar ahí tumbao sin hacer nada", dice. Y lo dice con razón, claro. Hace casi dos años se vino desde Suiza en bici. "Fueron 2200 kilómetros en once días", afirma. "Pero eso, cualquiera que le guste la bici, puede hacerlo". Claro que él ya "ensayó" hace unos años cuando se vino desde Barcelona hasta el pueblo en bici. "Luego me acuerdo una vez que fui a comprar una bici en Mérida y me fui hasta el Rocio en ella". Y se ríe al comentarlo y recuerda a su amigo Isidro (Tortera) que muchas veces le decía: "Vamos a Sevilla a tomar café".

Y luego, Campaná hizo el camino de Santiago. Dos veces. "Bueno, una y media", reconoce porque la primera vez nació la niña y claro, me volví". Y ahora está pensando algo, pero no lo suelta. "Igual me vengo en Suiza en bici otra vez, pero marcha atrás", dice mientras ríe. Y es que, en el fondo, Campaná tiene buenos golpes.