El calamonteño Rey lo vuelve a hacer: esta vez conquistó el Matterhorn

El calamonteño Rey lo vuelve a hacer: esta vez conquistó el Matterhorn

José Antonio Rey Fernández (Calamonte, 1976) subió a finales de agosto una de las montañas más duras de los Alpes. Es una de las subidas más peligrosas con 4.478 metros de altura y que hace frontera entre Italia y Suiza. De ahí su nombre suizo, el Matterhorn y en italiano Cervino.

Rey confiesa que justo desde el instante que divisó aquella montaña totalmente piramidal desde la cima del Mont Blanc, se propuso el nuevo objetivo de subir el Matterhorn que tiene una pared vertical de 1.200 metros.

Así, el calamonteño fue preparándose haciendo algunas escaladas en sierra de Gredos y Pirineos. Rey confiesa que «conquistar el Matterhorn no fue nada fácil. Fue la última montaña de los Alpes en ser conquistada, un 14 de julio de 1865 cuando Edward Whymper y su grupo formado por 6 montañeros alcanzaron la cima. Pero salió cara la conquista», y prosigue relatando que «la montaña estaba considerada maldita porque tras muchos intentos nadie lo había conseguido. Así que durante la bajada, uno de los montañeros tropezó arrastrando a tres compañeros. Iban encordados juntos, así que la cuerda se rompió con el peso quedando el resto anclados en unas rocas, entre ellos Whymper.

Fueron recuperados tres de los cuatro cuerpos que cayeron al vacío», termina el relato con una carta de presentación que no ofrece duda de la dureza de la ascensión al Matterhorn o Cervino.

«Ahí está el Cervino»

Rey cuenta que llegó de noche a Zermatt (Suiza), localidad situada a 1.600 metros y punto de enlace para la subida. Cuando despertó a la mañana siguiente lo primero que hizo fue salir a la calle: «miré a la izquierda, varios edificios de madera y cuando giré a la derecha: no me lo podía creer, ahí estaba el Cervino. Qué espectáculo de montaña. Me quedé paralizado. No recuerdo el tiempo que lo contemplé. Sólo sé que nunca olvidaré aquel primer momento», relata con emoción.

Por otra parte, los montañeros necesitan un tiempo de aclimatación, por lo que Rey subió hasta el Matthorn glacier Paradise a unos 4.000 metros y pudo divisar el Cervino, el Breithorn y otras montañas que superan fácilmente los 4.000 metros de altitud. Allí recibió la llamada de su guía para encontrarse en el refugio base. Para llegar allí descendió a 2.500 metros para luego tomar otra dirección y subir a 3.620 metros hasta el refugio base donde le esperaba Guillen, su guía. Este le invitó a entrar en el refugio, pero «preferí quedarme fuera en la terraza disfrutando esta maravilla de la naturaleza tan cerca, es imposible expresar con palabras lo que sentía en ese momento», relata mientras recuerda que una vez entró en el refugio reconoció enseguida al guía en un buen ambiente de escalada y montañismo.

Poco después de conocerse, el guía y Rey comenzaron a organizar la ruta del día siguiente: material y ropa adecuados, comida, bebida, consejos, preguntas, dudas. Todo lo necesario para subir con total seguridad, «fue entonces cuando los nervios no me dejarían en paz durante muchas horas», afirma.

Después de la cena todos dedicaron tiempo a leer, charlar o tomar té «yo preferí salir a la terraza de nuevo porque no podía parar de contemplarla. Cuando me giré para entrar de nuevo al refugió rellené el libro de visita y me acordé de mi tierra. Extremadura».

El despertador

A las 4 de la mañana sonó el despertador y Rey cuenta que apenas durmió en toda la noche por los nervios y las ganas de empezar a subir. Antes de comenzar la subida el guía, Guillen, y Rey repasaron todo el material mentalmente. Está prohibido subir antes de las 4:50 de la mañana, pero Guillen y Jose Antonio ya están encordados listos para empezar a subir, «cuando llegó el momento de subir el guía me avisó y dándole una palmada en la espalda le dije: Vamos a por él». Al salir del refugio son diez minutos de subida tranquila hasta la primera pared vertical de siete metros. Ahí es donde empieza el Cervino o Matterhorn. Rey recuerda que en ese momento él no sentía frío y todavía era de noche cerrada. Consciente de que ni el guía ni él podían cometer ningún fallo iniciaron la escalada del ‘solway’ con los crampones en las botas para agarrarse bien entre roca, hielo y nieve.

A 200 metros de la cima Rey cuenta que se sentía muy cansado porque su cuerpo le pedía azúcar. Sabedor que si paraba no lograría llegar a la cima, luchó con las pocas fuerzas que tenía. «Después de tres horas y media de escalada llegamos a la cima. Me sentía fuerte, no sentía ni dolores, ni sed, ni hambre. En ese momento estaba eufórico», relata con entusiasmo. Además recuerda que la cima le parecía totalmente diferente a las otras que había subido. Tiene 100 metros nada más y muy estrecha. Apenas cabe una persona. Hacía viento fuerte y mucho frío, «pero tenía que hacerme una foto con la bandera de Extremadura», concluye.

Rey cuenta que el clima empeoró durante la bajada «pero pudimos llegar todos bien al refugio. Allí celebramos la proeza con euforia. Creo que no era consciente del logro que supuso subir el Cervino», recuerda. Desde la serenidad Rey reconoce que el Matterhorn le ha enseñado «que la mejor vista llega después de subir a la cima más dura», afirma. Y que a diferencia del año pasado, cuando descendió del Mont Blanc, «fui yo quien llamó a mi madre para decirle que se quedara tranquila que ya me había bajado de la montaña».

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