Carmela y Manolo, de romería.:
Carmela y Manolo, de romería.: / CEDIDA

"No he hecho otra cosa en mi vida más que trabajar"

  • Carmen Caballero, “Carmela” relata su vida, llena de sinsabores pero con grandes alegrías y orgullosa de sus hijos y sus nietos

Carmen Caballero cumple ahora 71 años. Dejó los estudios con 11 años, “sé lo justo, pero para apañarme yo”, afirma. “Me puso a manillar tabaco en casa de los Turra, a coger algodón… porque mi padre estaba malo, con asma; luego comenzó a trabajar en Hilatura con 15 años, hasta los 21 que se casó (“pedí la cuenta, me dieron 30.000 pesetas y con eso compré los cuatro muebles para casarnos, que nos fuimos a vivir a Mérida, a la casa de una hermana de mi marido, que para lograr algo de dinero se iba con la moto a Dontellejo a vender café de estraperlo y despojos de carne”, cuenta), emigró a Francia junto a su marido en el 67, durante tres años, trabajando en el campo “desde antes de la Feria hasta los Santos y al llegar, el patrón nos daban una garrafa de aceite, otra de vino y un saco de patatas”; volvió a España, su marido comenzó a trabajar en La Corchera, luego él se volvió a Suiza durante un mes y algo, “malo y todo como estaba”, cuenta, y al poco, en 1973, se quedó viuda con 28 años estando embarazada de su segundo hijo, Manolo, y con una hija, Domi, con tres años. “Y yo no sé hacer otra cosa que trabajar, no he hecho otra cosa en mi vida: había que sacar a los niños p’alante”, relata en una entrevista salpicada por las visitas de las vecinas que llegan a su casa a saludarla, a preguntarle a qué hora es la misa o si ha visto a la vecina, que hace un par de días que no saben nada de ella en la calle.

A Carmen no hay más que mirarla a los ojos, a esos ojos sinceros, sencillos y llenos de vida y de bondad, para ver que es buena persona. Carmen está blanqueando para San José, para que la casa esté más bonita, más blanca y aún más limpia si cabe para el patrón. Carmen, a la que muchos conocen como Carmela, sigue de luto casi 43 años después de la muerte de su marido. Ni un alivio de luto. “Yo, desde que murió mi marido, no he ido al baile, casi no he salido, y no he estado con ningún otro hombre porque nadie puede ocupar el lugar de mi marido”, relata mientras el brillo de sus ojos la delata. “No había una sola cosa que yo quisiera que mi Manolo (su marido) no me diera. Es la mejor persona que he conocido en la vida, íbamos a Sevilla, al parque María Luisa… tengo muy buenos recuerdos… y mis hijos pueden estar con la cabeza muy alta de su madre”, afirma segura Carmela, que muestra orgullosa una casa llena de fotos de sus nietos.

“Nosotros cuando nos fuimos a Francia nos fuimos a la aventura, con las maletas y poco más; llegamos a Marsella, nos íbamos a la Plaza del Tambor, que es como lo del Tames pero allí y así encontramos trabajo”, cuenta recordando que ella no aprendió francés, dice, que su Manolo sí, pero ella no, y lo cuenta acompañado de un s’il vous plait y de un parle vous francais (o sea que algo sí aprendió). “Y mi madre nos mandaba paquetes con tulipán y yo me ponía de un contento…”.

Carmela, que nació en 1945, tampoco pudo librarse de los rigores de la posguerra y de la dictadura franquista. “A un tío mío lo mataron”, cuenta. Y sin ser consciente, baja la voz al hablar de este asunto. Lo reconoce y afirma que “se pasó mucho miedo en aquellos años y no podías hablar. Alguno tuvo que estar encerrado en su casa muchos años sin que nadie supiera que estaba allí encerrado”, cuenta.

Luego, cuando murió mi marido, me puse a trabajar “en todo lo que caía: bordaba, iba a Mérida a hacer horas…” y todo lo relata salpicado de nombres, de apodos, de detalles de una vida que ahora gira en torno a sus nietos. “Pero ahora estoy preocupada con una carta que ha llegado del hospital”, cuenta. Y es que hace unos años tuvo un cáncer de pecho que también superó y en el que sus hijos, sus nietos, sus vecinas… han estado en todo momento ahí, apoyándola. “Yo me acuerdo mucho de mi Manolo porque era muy buena persona y ningún otro puede ocupar su lugar”, concluye.

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