Victoriano, en uno de los silos que tiene en su casa.:
Victoriano, en uno de los silos que tiene en su casa.: / DELGADO

«Hacer vino no es difícil y en los silos no se estropea»

  • Victoriano Rodríguez nos muestra los silos que alberga en su casa al tiempo que hace un repaso por su vida

Victoriano Rodríguez Figueroa (Calamonte, 1936) ha sido casi de todo. Desde monitor educativo en lo que durante muchos años se conoció como el psiquiátrico de Mérida hasta futbolista del Calamonte cuando se jugaba en la era y no había ni campo de fútbol, hasta maestro de forja y cerrajero artístico pasando por concejal en la época franquista con Venancio Moreno. «Yo nunca me he metido en política», afirma un tipo jovial que va salpicando de anécdotas su historia. «Por lo menos conseguimos hacer el campo de fútbol, porque donde jugábamos entonces era el aprovechamiento que alquilaban los ganaderos y se lo pisábamos y claro, no les gustaba. Entonces teníamos veinte años. Y logramos construir un primer campo de fútbol por donde están las escuelas ahora y luego nos vinimos a esta otra zona (cercana al pozo Mirabobo)», relata.

«Nosotros llegamos a jugar contra el Badajoz, el Extremadura, el Cacereño… Había uno que jugaba con nosotros, Antonio ‘el de las tres casas’ que le decíamos, que si hubiera tenido apoyo, hubiera sido de los buenos buenos en Primera. Era un súper clase», afirma Victoriano, que recuerda que, con 23 años se fracturó la pierna jugando al fútbol dos meses después de casarse, en el 60… y por San José. «El pueblo siempre ha tenido muy buenos futbolistas. En aquella época teníamos a Felipe Álvarez, a ‘el chato’, Pepe ‘patas cortas’… Llegamos a quedar campeones de Tierra de Barros e incluso de Extremadura en lo que era como la Tercera División de ahora», recuerda.

Victoriano retoma el asunto de los silos, un auténtico tesoro arquitectónico de la cultura del pueblo. «Los de Bellas Artes vinieron a verlos y decían que podían haber sido construidos hace 200 o hace 1800 años, porque con estos ladrillos ya se construía en la antigua Roma y en el siglo diecinueve».

Los silos, construcciones excavadas en la tierra para almacenar el trigo, han sido muy frecuentes en los pueblos y ciudades dedicadas a la agricultura, como era el caso de Calamonte. En la actualidad, no son muchos los que se pueden ver y, menos aún, los que se encuentran acondicionados de esta manera.

Victoriano alberga bajo el suelo de su casa tres silos, dos de los cuales ha unido entre sí. Son dos construcciones redondas de unos cinco metros y medio de diámetro y unos cinco metros de altura construidos (al menos en este caso) con ladrillo de barro macizo que ascienden hasta no quedar más que una abertura de unos 60 o 70 centímetros, único lugar de entrada. Y para acceder a ellos, ha construido una escalera y ha abierto una puerta de entrada desde el patio de su casa, ubicada en la zona que antiguamente se llamaba Monte del Castillo del Zorro, la parte más alta del pueblo por entonces.

Entrar a un silo es descender a un lugar oscuro (Victoriano ha instalado luces) sin mayor olor que el del ladrillo y la piedra que lo configuran donde la temperatura es constante durante todo el año y oscila entre los 18 y 20 grados. Victoriano nos recibe en su casa mientras caen de plano 37 grados en el patio de su casa. Bajamos al silo y se echa en falta una rebequita, que dirían las madres.

«Aquí guardo vino. Pero no todo es mío (en realidad, lo que quiere decir es que no todo el vino lo ha hecho él, porque Victoriano también hace vino). Y tengo botellas de hace más de cincuenta años. Y aquí no se estropean», relata orgulloso un Victoriano que se adentra en el túnel que conecta ambos silos y en los que almacena más de dos mil botellas de vino para encender la luz y poder acceder a él.

En el segundo silo, una gran mesa octogonal ocupa el centro del espacio. A su alrededor, ocho sillas. «Aquí nos hemos llegado a juntar 22 personas. Son los que caben», dice mientras separa las sillas para mostrarlo.

«Estas botellas son de hace unos años», señala. «Llevan una fermentación en frío que yo no creía que se pudiera hacer pero en la cooperativa, José y Peñato me dijeron cómo hacerlo. Hacer vino no es difícil», sentencia.

«También hago aguardiente. Me hice un alambique de acero inoxidable porque los de cobre siempre acaban creando suciedad y mira»….Y para de hablar para destapar una cuba. «Huele», dice. «Es orujo de 53 grados», afirma mientras vuelve a la historia del silo tras taparla.

«Cuando lo compré, la única entrada era ésta», mientas apunta al hueco que está más alto en el silo. En aquella época, incluso antes, aquí se almacenaba el trigo y los hombres, cuando iban a trabajar, decían vamos de sileras, y estaban 14 o 15 días sacando el trigo; lo aventaban, porque le echaban paja, y luego lo sacaban y se conservaba sin problema porque no tiene humedad y se almacenaba sin oxígeno, por lo que no aparecían polillas ni bicho alguno», continúa Victoriano.

Victoriano es un pozo de sabiduría y memoria popular. Un artesano que hace vino para sus amigos y lo conserva en su silo, del que salimos con un par de botellas a pesar de decir que no en todas las invitaciones. «Es norma de la casa: aquí quien viene se lleva una botella de vino… o dos», dice mientras apaga la luz del túnel que comunica los dos silos cerrando la puerta del silo… y de este reportaje.

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