Juan Puerto Morcillo y Bilbao de fondo.
Juan Puerto Morcillo y Bilbao de fondo. / :: Cedida

«Con 8 años ya cogía pimientos para pimentón en el campo de Calamonte»

  • Su vida es la de alguien que emigró del pueblo y en Bilbao trabajó y luchó en los años 60 por la democracia dentro del partido comunista y actualmente en Euskal Herria Bildu

Juan Puerto Morcillo nació en Mérida el 29 de julio de 1938. Creció en Calamonte en una época dura de posguerra. Además, su infancia está marcada porque cuando tenía 4 años su padre falleció en las obras de la presa de Montijo. Durante su niñez y juventud trabajó en el campo y en la construcción. Durante los años 60 extremeños y andaluces emigraron a las zonas industriales como Bilbao, Madrid o Barcelona en busca de una vida mejor. Juan desarrolló su vida entre la fábrica de altos hornos, el socialismo y el movimiento obrero en busca de una democracia al estilo europeo. Es considerado en Bilbao, una figura de lucha por la libertad y los derechos de los trabajadores.

–¿Cómo vivió su infancia?

–Fue bastante dura, pero la recuerdo con buenos momentos, a pesar de que mi padre falleció ahogado en el río Guadiana, junto a otros cuatro obreros. El río experimentó una crecida y el barco volcó de tal manera que los obreros se ahogaron. Uno de ellos fue el padre de ‘Jerrete’. Después los enterraron en Mérida, sin indemnización para las cinco mujeres. Claro, que en aquellos tiempos no había seguridad social. Dio la casualidad que mi madre estaba embarazada de mi hermana Conrada que también vivió en Bilbao un tiempo, pero actualmente vive en Isla Cristina.

–Tengo entendido que su madre era conocida como Cruz, ‘la de Conrado’, ¿Cómo se las apañó para criarles?

–Efectivamente, así era conocida. Tras la muerte de mi padre, en casa estábamos mi abuelo, mi madre embarazada y yo. Así que, ella trabajaba de noche y de día. Hacía trabajos de modista y se buscaba la vida comprando garbanzos o aceite que luego vendía a los ultramarinos. Me acuerdo tener ocho años y acompañarla a llevar la garrafa a las tiendas. Tenemos una anécdota, porque para poder comer algo, en invierno poníamos la garrafa de aceite en el corral para que se helara un poco. Así que, cuando vertíamos el aceite en las tinajas de las tiendas, siempre quedaba algo en las paredes de nuestra garrafa y de ahí sacábamos para comer. Cuando hay hambre se agudiza el ingenio. Mi madre era como una loba. Cuando salía de casa, traía siempre algo de comer. Y luego mi suegro tenía 75 años, que para entonces era una persona muy mayor, así que tenía que traer comida para cuatro. Por eso digo que mi madre se merece el cielo.

–Y el joven Juan, ¿cómo creció en el Calamonte de posguerra y en qué trabajó?

–Hombre, como muchos jóvenes de la época, trabajábamos desde muy temprana edad. Yo trabajé en el campo cogiendo pimiento para pimentón con ocho años, más tarde en las graveras del Guadiana porque se empezó a construir mucho en Mérida.

Así que trabajábamos a destajo cargando camiones. Esto en invierno. Y en verano trabajábamos trillando el campo con el trigo y el maíz en Arroyo de San Serván y otros pueblos de alrededor. Eran trabajos muy duros de 14 horas, pero había que hacerlos. Recuerdo la máquina de Anselmo Silva en el campo donde trabajábamos 9 o 10 obreros. Como mi padre falleció en la presa, el jefe me incorporó en el equipo llevando el agua a los trabajadores con 13 años. Dos años después empecé a trabajar como los demás. Claro que, antes no había máquina. Se trabajaba a mano.

–Aunque se trabajaba duro, ¿Podía disfrutar de ratos libres?

–Sí claro. Los ratos buenos no se me olvidan. Porque aunque trabajábamos mucho, en cuanto veíamos un duro, salíamos a divertirnos y lo pasábamos muy bien.

–¿Cuándo se fue a Bilbao y por qué?

–Me fui a Bilbao en 1960, con 22 años. Emigramos miles de extremeños y andaluces. Unos tiraron para Barcelona, otros para Alemania y yo me fui a Bilbao. Tenía una bicicleta que vendí por 400 pesetas para el viaje. Y cuando le dije a mi madre que me iba, se disgustó mucho. Pero yo buscaba una vida mejor. Fue un viaje con muchas lágrimas escondidas porque dejé a mi madre y mi hermana en Calamonte. Romper el eslabón de la cadena me costó mucho, la verdad. A Bilbao me fui junto a Simón y Silvestra, que era la novia de mi mejor amigo, Alfonso ‘Pilara’. Al principio fue muy duro. Dos años después llegaron mi madre y mi hermana.

–¿Cómo fue su primera noche?

–Pues imagínate que mi viaje más largo hasta entonces había sido a Don Benito para llevar alpacas de algodón en un camión. Todo me sorprendía, claro. Y mi primera noche fue llegar a la casa de una familia que era de Burgos. La señora que estaba allí, me dijo que no había camas libres, así que tuve que compartir cama con su hermano, que en cinco minutos se puso a roncar y me dio una noche tremenda. Apenas pude dormir.

–¿Dónde trabajó en sus primeros años en Bilbao?

–Justo al día siguiente de llegar encontré trabajo en una cantera durante un año y pico. Luego pasé a la construcción y después empecé en la fábrica de Echevarría que ahora es Sidenor. Entonces altos hornos tenía 11.000 obreros y nosotros éramos 5.600. Muchos éramos de Extremadura y Andalucía. Luego me incluí en el movimiento obrero y me afilié a CC.OO y al Partido Socialista de Euskadi en 1966 más o menos.

–¿Su paso por CC.OO y el Partido Socialista fue muy activa?

–Desde luego que sí. Además, tuve suerte, porque pasé por comisaría 3 o 4 veces sin ser torturado. Otros compañeros tuvieron peor suerte. Enseguida comprendí que mi corazón estaba en Extremadura, pero mi lucha estaba en Bilbao por el bienestar de mis hijos y por conquistar las libertades que entonces no habían. Yo era uno más. Más tarde, en los 80, hubo una reconversión industrial salvaje y se cerraron cantidad de empresas. Entró mucho dinero de fuera y se llevaban las fábricas a otras zonas. Así que nos juntábamos 100.000 obreros y paralizábamos todo. Con esa lucha conseguimos jubilaciones decentes. Los trabajadores de los altos hornos se jubilaban a los 52 años, yo lo hice a los 54 y de manera más o menos decente.

–Está de actualidad el tema de las jubilaciones. Durante varios lunes Bilbao se paraliza con los jubilados. ¿Ahí está usted también?

–Por supuesto. Eso de la subida del 0,25% es de risa. Nosotros por suerte tenemos jubilaciones bastante buenas, pero no quita que seamos solidarios con otras regiones como Extremadura o quien sea. Hemos llegado a estar 150.000 personas a principios de marzo cada lunes.

–Y ha venido con cierta regularidad a Calamonte?

–Cuando podía me escapaba. Y precisamente he estado en la feria de San José, que ha llovido muchísimo. Pero lo he pasado muy bien. Hacía tiempo que no venía y estuve con mi cuñado Hilario y Pedro Turra, que me dieron una paliza de andar. Fuimos hasta los montecillos y paramos en San Isidro. Me gustó mucho cómo lo quedaron. Además, Pedro me iba diciendo los nombres de las plantas que encontrábamos por el camino y me pareció muy interesante, porque hacía años que no iba al campo extremeño. Lo único que nos faltó fue la bota de vino y el bocadillo. También hice las visitas de rigor, viendo a los amigos. Los que quedan. Pero fue muy gratificante volver al pueblo.

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