‘Los Castúos’ disfrazados de mujeres en el pasacalles de 1996.
‘Los Castúos’ disfrazados de mujeres en el pasacalles de 1996. / :: Cedida

Carnaval de Secano

  • «El carnaval es dejarse la garganta piropeando las calles de Calamonte, es sacar la sonrisa a la gente que se para a escucharte en la esquina de Casa Justo, pero también es aguantar el garrafón de la caseta o ensayar durante cuatro meses»

Los gaditanos, según dicen en la ‘tacita de plata’, nacen donde les da la gana. Pero yo elegí nacer y ser de Calamonte. Aún recuerdo esa noche, en la que me enganché a los carnavales de mi tierra. A mí Cádiz de secano. Llovía a mares. No había entradas y, por tanto la Casa de la Cultura, nuestro pequeño Falla se abarrotaba. Abrieron las cortinas y aparecieron unos bandoleros de la sierra, llamado ‘Los Castuos’. Desde ese momento, algo se clavó en mis entrañas. Era el veneno de febrerillo.

Un veneno bueno, que nadie os engañe. El carnaval no es sexo, drogas y ‘3x4’. El carnaval es dejarse la garganta piropeando a las calles de Calamonte, es sacar una sonrisa a la gente que se para a escucharte en la esquina de Casa Justo, pero también es aguantar el garrafón de la caseta o ensayar durante cuatro meses dejando a un lado a familia, amigos y otros pasatiempos. Vamos, que el carnaval o te gusta, o lo odias. No tiene término medio.

El carnaval es todo el año, aunque no lo creas. «¿Ya estáis liados? Si es septiembre, que fiebre tenéis ». Po’ sí, qué quieres que te diga. Es septiembre y estamos ya ensayando, pero aunque no te lo creas, hasta el último día antes de la actuación seguro que hay algún detalle que rematar o alguna letra que aprenderse. Porque somos ‘ajín’. Dejamos todo para última hora. Y eso es dogma del carnavalero.

También es dogma del carnavalero de bien decir siempre que la agrupación rival te ha gustado mucho, incluso más que la propia. Somos así de cumplidos. O decir que salimos a disfrutar, aunque en verdad lo que más queremos es ganar. Ganar el aplauso del público, no te confundas, que yo soy igual de cumplido que el resto. Abusamos del falsete. Y de la purpurina.

Abusamos también de protectores. Nuestro concurso está cerrado al exterior, no vaya a ser que se resfríe. Hay que cuidarlo. Y es una pena, porque un catarro al año no hace daño. Yo pago los pañuelos si hace falta, pero creo que para crecer es necesario abrir la puerta. Eso, o que los carnavaleros dormidos despierten, cojan su guitarra y vuelvan a cantar en este carnaval de secano.

Las luces de nuestro carnaval han ido apagándose. Ahora es todo penumbra. Menos grupos, menos fiesta. En la mano de los jóvenes está que este carnaval de secano siga adelante. En ciudades con más población, el carnaval ha ido perdiéndose con el paso de los años. Y de los fracasos. En cualquier evento carnavalero, siempre están los mismos. Eso cansa. A los que lo organizan, y a los que van. Febrero, como todas las facetas de la vida, necesita sabia nueva. Y por eso es primordial apoyar a los pequeñajos que pisan las tablas de nuestro mini Falla. Son el futuro.

Por eso, llegada estas fechas, Calamonte vuelve a celebrar su carnaval. Aunque, en estos mementos, con tan sólo cuatro agrupaciones adultas, parece más un funeral. No obstante, tanto ‘Legendarias’, ‘Querubinas’, ‘Sherlock Jones’ y ‘Coco-Chaneles’, se dejan su vida en un local de ensayo para seguir regando de coplas este carnaval de secano. El mismo que me ilusionó de niño. Por eso, al igual que hicieran aquellos bandoleros, seguiré piropeando a mi serrana, que no es otra que mi Cádiz miniatura. Mi Calamonte.

No voy a negarte, paisano, que a esta fiesta le faltan muchas cosas. Entre ellas un homenaje a los que fueron los padres de esto. Un reconocimiento a ‘Los Castuos’. Hay calles en este pueblo que no tienen nombre, o nombre que no merecen una calle, pero los precursores de febrero en Calamonte han piropeado y cantado por todas ellas. No sé a quién le corresponderá, pero los homenajes son necesarios cuando son merecidos. Y ellos, lo merecen. Porque trajeron este bendito veneno. O si no fuese una calle, que sería poco para pagar su legado, el homenaje debería ser pregonar su fiesta. Y escucharlos, cual niño, cantar por última vez a este carnaval de secano. El que ellos crearon. El que ahora necesita regarse.

Pero tan bien es cierto, que aunque ahora haya más sombras que luces. Más dudas que certezas. A los carnavaleros, los que viven la fiesta, les sobra ilusión. Ilusión por este pueblo. Ilusión por cantar el viernes su repertorio. Ilusión por escuchar tus aplausos. Ilusión también por hacer cola y coger una entrada. Ilusión por pararse en un bar a escuchar. Ilusión por pisar por primera vez las tablas. Ilusión por ti. Ilusión por febrero. Ilusión, en definitiva, por hacer en Calamonte un carnaval autóctono. Sin más seña de identidad que la de sus paisanos. Un carnaval de secano. Un carnaval nuestro. Un carnaval, que tan sólo es carnaval.

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