"Campanillos" de Resurrección y Encuentros

Instante de la procesión de los Encuentros

La procesión de "Los Encuentros" (o de "los campanillos" o del "Niño de la Bola -en alusión a una talla de Resucitado que sostenía el mundo en sus manos- y que procesionaba en los orígenes de esta tradición) es la expresión de la alegría por el resucitado; sentimientos y sentidos: el del sonido que producen los "campanillos" (campanas pequeñas) que cuelgan de los cuellos los niños durante sus carreras acompañando a los pasos (La Magdalena y San Juan) al encuentro del resucitado; y el del  tacto de éstos al chocar contra las camisas de estreno para ese Domingo de Resurrección de los más pequeños, que corren emocionados; el de la imagen de la decepción (tapada por la alegría que se supone) en las caras (y en los movimientos) de talla y anderos por no encontrar a Jesús -ya resucitado, detalle que Juan Y Magdalena aún no conocen-; el del gusto de los caramelos que los críos recogen y que, antes, han ido arrojando, en estrategia convenientemente  planificada, mayores -y no tanto- para hacer más dulce el Encuentro. Y el del olor de la pólvora de los cohetes que, al final del acto, se tiran al cielo para anunciar La Resurrección. Encuentros. Sentimientos y sentidos.

La Procesión

La Procesión de Los Encuentros se celebra el Domingo de Resurrección. En ella, San Juan (el mejor amigo de Cristo) y La Magdalena (María Magdalena) van al encuentro de Jesús, que les dijo que al tercer día resucitaría. En la búsqueda, acompañan a la Virgen María (que espera impaciente las noticias que le traen) al encuentro de su hijo.

Quien primero se acerca a buscar a Jesús es María Magdalena. Al no encontrarlo en el sepulcro, vuelve diciendo a la virgen que no (los anderos se balancean hacia un lado y otro haciendo que la talla diga no con el movimiento de su cuerpo); posteriormente es Juan quien se acerca a buscar al (que él aún no sabe) que ha resucitado; posteriormente, insisten en su búsqueda una vez más cada uno. Y ya, al fin, juntos los dos pero por separado, encuentran a Jesús y así se lo hacen saber (cabeceando los costaleros) para, de este modo, afirmar que sí, y decirle a la Virgen que han encontrado a su hijo vivo. Es entonces cuando se encuentran todos: María, Juan y Magdalena con Jesús. Nunca hasta ese instante se habían visto. Y lo hacen juntos. Es el Encuentro.

En todo este ir y venir de La Magdalena y de Juan (por cierto, llevada por cuatro "juanes" -cuatro calamonteños con Juan por nombre-) los niños acompañan haciendo sonar los campanillos que portan (generalmente regalados por abuelos o padrinos) colgados de cintas de su cuello. Así lo relata Isabel Barrena, de 55 años, y que recuerda esta tradición desde siempre. "Mi marido tiene 65 años y ya corría los campanillos de chico", afirma. "Luego durante unos años la procesión no se celebró", señala. La dictadura franquista consideraba poco decoroso el excesivo vaivén de la talla de la Magdalena. Pero la procesión (y la tradición) volvió a finales de los 70.

Sentimiento religioso

"Para mí, como creyente, esta procesión es una manera entretenida de explicarles a mis hijas la resurrección", afirma Adolfo Barrero, quien reconoce que este concepto es "complejo de entender". "Los niños, a los que les van tirando caramelos, corren delante de las imágenes. Y esto viene a significar la alegría por la buena nueva", afirma. "Se acompañan de campanillos y cencerros que arman una algarabía considerable, se supone que para espantar al demonio", continúa. "Yo lo entiendo como un halo de ruido que envuelve a Jesús y que impide que se acerquen a Él lo malo, la tentación...", explica, no sin dudas por su concepción del hecho. "El concepto de la resurrección, y la fe en general, es complejo de explicar", concluye Adolfo Barrero, con 40 años recientemente cumplidos.

Tradición

Esta es una procesión de tradición, de herencia familiar por así decirlo. Isabel Barrena, amiga de la familia de Adolfo Barrero, familia de firmes convicciones católicas, ya llevaba a éste de pequeño a la procesión. Y a sus hermanos Juan y Encarna. Y ahora, además de acompañar a Adolfo, acompaña a las hijas de Adolfo, a Marta y Claudia, de 4 y 2 años, y a los hijos de Encarna, Ana, Marcos y Pepe, y a los de Juan, Javier o David, a la procesión de los encuentros.

Y lo hace por fe y por tradición. Y para poder ver y para poder seguir haciéndolo, y ahora por los ojos de los hijos de estos hermanos a los que, siendo niños, ella ya llevaba a esta procesión de Resurrección y de Encuentros; de sentimiento y sentidos.