Joyce Clark: "no me gusta el gazpacho: es una sopa fría y en mi tierra las sopas se toman calientes"

Joyce, en el jardín de su casa.:DELGADO

Joyce Clark nació en Edimburgo. Es decir, que es escocesa, aunque muchos aún siguen diciendo que es inglesa (y no es lo mismo). Pero, por encima de todo, Joyce es británica. Quiero decir que tiene ese aire british elegante y educado, pero nada sofisticado ni pedante. Joyce llegó a España a mediados de los 70. Venía a España con sus padres de vacaciones a la Costa del Sol y, tras conocer a Pedro, su marido, en Canarias, se casó con él en 1980. "Pedro era y es un hombre muy atractivo; pero lo que más me gustó de él creo que fue lo tolerante que era", dice.

"Antes de casarme vine al pueblo un par de veces y me llamó mucho la atención la vestimenta de las mujeres: muchas iban vestida de negro, muy de negro, incluso con pañuelo en la cabeza y luego había otras que iban al médico en bata", apunta mientras sonríe, porque Joyce es, aunque pueda aparentar mucha seriedad, una persona con gran sentido del humor. Además de inteligente y de conservar esa belleza que enamoró a Pedro "Turra", su marido, allá en los 70, cuando se fue con su hermano a celebrar que éste había sacado la plaza de maestro. Y es que a los extremeños siempre nos ha gustado mucho ir a Canarias... y ser conquistadores.

"Cuando llegué aquí había calles que no tenían luz y, claro, yo venía de una ciudad como Edimburgo, en Escocia, donde no teníamos esos problemas", señala, a la vez que confiesa: "yo me quedé aquí no solo por mi marido, sino por su familia y por sus amigos, que fueron y son muy cariñosos conmigo; eso me gustó mucho cuando llegué: la amabilidad de la gente. Aunque creo que había muchas fiestas", aprecia.

"Tú sí sabes que mi nombre es Joyce. Pero me han llamado Joy, Jolis... o incluso Jacqueline, pero nunca me ha molestado porque sé que no es malintencionado", señala mientras vuelve a reir.

La "teacher" (profesora) como la hemos llamado los que hemos sido sus alumnos (entre los que me incluyo) sigue conservando el acento británico y el gusto por el paisaje escocés "más verde que aquí porque aquello es una isla y al norte", dice. Pero también sigue conservando algunas costumbres. "A mí no me gusta el gazpacho, aunque lo hago, pero no puedo entender que una sopa sea fría", dice riendo casi a carcajadas (y es que Miguel, su hijo, nos ha contado algunas cosas). "El embutido no me gusta, pero el jamón sí", afirma, al tiempo que confiesa su pasión por la paella "sobre todo la que hace mi hijo, que la hace muy bien". Y vuelve a hablar de él porque, curiosamente, su hijo está ahora dando clases en Londres. Curiosa la vida, ¿no? De su hija nos habla para decirnos que la ha hecho abuela y que ella ya le ha comprado cuentos a su nieta. Eso sí, en inglés y en españo.

"Algunos de mis amigos de Escocia no creían que mi vida aquí fuera a durar mucho, porque yo sigo siendo muy escocesa", dice tras confesarnos que sigue desayunando cereales con rodajas de plátano y leche. "Unos cereales que cuando llegó aquí tenía que ir a comprar a Portugal "porque aquí no había", señala.

"También me llamó mucho la atención el calor que hacía aquí en verano y que la gente durmiera por el día y saliera por la noche", dice. "Pero lo entendí, claro, porque con la calor que hace aquí en agosto al mediodía es normal, pero es que yo venía de un país donde la gente vivía de día", comenta.

Acabo la entrevista, de la que salgo con una sensación muy agradable: creo que es la primera vez en la que no tomo notas y en la que tengo la sensación de haber conversado con alguien a quien, por cierto, aprecio de modo muy especial por uno de esos detalles que marcan: forma parte de mi infancia (y de la de muchos calamonteños, a los que lleva enseñando inglés más de 25 años). Y es que la infancia es la verdadera patria. Por eso, a Joyce, en el fondo, no le importaría volver a Escocia aunque fuera un ratino. Thank you very much, teacher. Thanks, Joyce.