"La naturaleza, a veces, se equivoca"

Estefanía, junto a su galga "Sara", a la que rescató de una muerte segura.:DELGADO

Estefanía Rodríguez Grajera nació en 1959. Pero no nació siendo mujer, como ahora es y como ahora se siente. "Yo me sentía atrapada en ese cuerpo que no sentía mío; a veces la naturaleza se equivoca. Yo ahora soy una mujer y me siento una mujer. Y no me gusta la palabra transexual, la verdad. Soy una persona. Y punto. Y lo que yo quiero es que se me trate igual que a otra persona.

Mira, dice Estefanía. Al principio, antes de ser como realmente me siento y de ser mujer como soy ahora, yo tenía dudas. Me explico: a mí me gustaban (y me gustan) los hombres. Pero claro, yo decía: a lo mejor voy a ser gay. Pero no, porque a mí me gustan los hombres pero sintiéndolo como mujer. Sé que no es fácil de entender ni de explicar. Pero es así. Yo siento, soy y me comporto como una mujer. "

"Cuando aún no era como yo quería ser y como realmente soy, cuando iba a la playa, me ponía dos o tres bragas de biquini para disimular un poco, pero es que eso a veces, psicológicamente, me hacía sentir incluso peor", afirma Estefanía, que nos cuenta su historia en una mesa camilla, ya sin enagua por los rigores del estío, junto al piano que su madre, Lali Grajera, tocó hasta hace bien poco. Y eso, a pesar de su ceguera. "Ese piano me resulta familiar", digo al entrar. Y al poco me acuerdo. Hace unos años, junto a Belén Mata, Leo Valhondo y Andrés Fernánez realizamos un trabajo para la recuperación de la memoria histórica. Y hablamos con su madre, con Lali, que nos contó la historia de su padre, Antonio Grajera, al que fusilaron al poco de empezar la guerra y cuyo nombre aparece en el monolito del cementerio y quien, al terminar de contarla, comenzó a tocar el piano.

"Yo tenía miedo pero más que al rechazo social, al rechazo de mis padres. A ellos les dije que yo era como era por carta, no me atrevía a hacerlo de otra manera. Nunca me lo reprocharon, al revés. Sí es cierto que yo notaba, sobre todo en mi madre, que no sabía muy bien cómo tratarme o cómo comportarse conmigo. Pero siempre me ha querido como soy y eso es lo que importa", afirma Estefanía.

"Me vine de Valencia hace veinte años, adonde me fui unos años antes. Allí estuve trabajando de peluquera.  Ahora vivo aquí, en la casa de mi madre. Y estoy bien y además estoy muy bien acompañada", dice mientras nos muestra a Sara, una galga preciosa a la que Estefanía ha rescatado y tiene en acogida. "Pero hay una pandilla de críos de doce, trece años que no hacen sino molestar. Sobre todo por las noches. No sé si es por estar sola o, en mi caso, da la impresión como si hubiera a quien le molestara la libertad de los demás, en este caso la mía. Creo que en esos casos falla la educación. Hay niños que parecen estar dejados de la mano de Dios, otros que  tienen una educación machista porque es lo que ven y lo que oyen en casa. En alguna ocasión, he conseguido salir justo cuando acaban de llamar y he conseguido hablar con ellos. También lo haré con sus padres y lo pondré en conocimiento de la policía o de quien haga falta. Yo no molesto a nadie y no creo que nadie tenga que molestarme por ser como soy. Todos somos diferentes y todos somos iguales. Todos somos personas", concluye Estefanía, quien además se encuentra muy a gusto viviendo en su pueblo, saliendo a la calle, hablando con la gente "que me tratan estupendamente, la verdad".

Estefanía es distinta. Es diferente, es cierto. Pero, en verdad,  todos somos distintos a todos, todos somos diferentes a los demás y,  sin embargo, todos somos iguales: todos somos personas. Esa diferencia es la que hace a Estefanía más igual a todos.