"Llevo más años trabajando en el Tame que casado con mi mujer"

Hablamos con Justo "el del Tame"

Justo Moreno, en el bar donde trabaja
Mi madre, llorando cuando me fui a la mili... a Mérida

Antes de que empezara el calor en 1975, Justo Moreno Barrena, Justo 'el del Tame', hijo de Pablo y Felisa, venía a este mundo. Lo hizo en junio, «para no molestar mucho», dice alguien que lleva la bondad escrita y dibujada en la cara. «Yo aquí he visto de todo, Felipe», afirma. «Mira, yo un día vi cómo pasaba la madre de uno que estaba aquí dentro, no te voy a decir quién era porque entonces la liamos, y vio al hijo aquí dentro, al que había mandado a por algo y se había entretenido aquí. Mira, le dio dos guantazos que sonaron en San Isidro, de verdad. Y delante de todo el mundo, ¿eh?. Y cuando se fue la madre, encima se quiso poner chulito», dice mientras pone un vinito con un plato de pestorejo con patatas, el aperitivo estrella de la casa.                                                                                                                                                                                             «Llevamos 30 años poniendo pestorejo. Y algún día no lo hemos puesto. Por variar. Y la gente se quejaba», cuenta mientras vuelve a dejarme solo porque le acaban de decir desde la esquina «niño, llena que nos vamos» dos que, de momento, no se van a ir.«Igual me voy yo antes que ellos», dice Justo, «aunque como llegue muy pronto a casa mi mujer, la Toni, se extraña y me pregunta si pasa algo», sonríe Justo para, a continuación, y con media sonrisa y su puntita de sorna, decir: «a mí la mujer no me riñe por estar en el bar, al contrario». Y no es para menos. «La verdad es que llevo más tiempo trabajando de camarero en el Tame que casado con mi mujer», reconoce Justo.Cuando le hablas de su madre se le ilumina la cara. «Tenías que verla cómo lloraba cuando me fui a la mili». ¿Te fuiste lejos, no Justo?, le pregunté. «Lejísimos», me contesta. «A Mérida;  me fui a Mérida, pero mi madre lloraba como si me fuera a Melilla»                                                                                                                                      A Justo, en casa no le gusta poner copas. «Bueno, me refiero a que cuando estamos los amigos, en cuanto me ven acercarme a donde están las bebidas empiezan a decirme que les ponga esto o lo otro. Y yo les digo que no, que yo no me traigo el trabajo para casa. Pero luego en casa sí hago cosas, ¿eh?» Añade que hace un tiempo le dio por hacer una cosa en casa: ver la tele hasta las tantas. Pero luego «llegaba con las largas puestas y tuve que dejar de hacerlo. Entonces fue cuando mi primo, Madriles, me metió el gusanillo de los perros, de los galgos, que era algo que me gustaba desde chico por mi padre, claro, pero no le había hecho mucho caso, pero mi primo, Madriles, que es muy cansino, y me decía: venga, primo, que yo te los cuido, tú no te preocupes», cuenta Justo, que es muy aficionado a la caza con perros y a sacar a pasear los galgos por las mañanas, antes de entrar a trabajar. Justo tiene una hija, «preciosa y no como yo, Felipe, porque ha salido a la madre». Se llama Celia y tiene ocho años. Está casado con Toni (Antonia la arroyana) que estudió en la escuela donde ahora está el centro médico. Y si algo puedo decir de Justo, al que conozco desde crío, es que «es un buen tío». Decir eso de alguien es decir mucho. «Ponme una cervecita, Justo». Eso está hecho, Felipe. Pues eso, Justo. «Llena, que nos vamos, amigo».