Evarista en la recepción de la Casa San José / Lydia Sánchez

«A las hijas hay que enseñarles desde pequeñas, decirles lo que es la vida y lo que hay que trabajar»

En abril superó el coronavirus tras pasar unos días ingresada en el hospital, una anécdota asombrosa más entre las muchas que ha experimentado esta centenaria dedicada por entero a cuidar de los suyos

Lydia Sánchez
LYDIA SÁNCHEZ

El recuerdo más bonito de Evarista Rubio (Calamonte, 1914) es cuando ella y todos los miembros de su familia lograron un trabajo al llegar a Bilbao. A priori, cualquiera puede sorprenderse de que esto sea lo primero que se le viene a la mente a una mujer de 106 años con cinco hijas (más un varón ya fallecido), dieciséis nietos y otros ocho bisnietos, pero si tenemos en cuenta que empezó a ganarse la vida cuando apenas había cumplido 8, ya empieza a parecer un poco menos raro.

«Toda su vida ha sido trabajar», revela Toñi Gil, una de las empleadas de la Residencia Casa de la Misericordia San José y Padre Leocadio de Calamonte en la que Evarista ingresó en 2015. Le pide que cuente cosas alegres, no tristes, pero qué se puede esperar de una persona que ha vivido siempre por y para los suyos y que ha conocido el ocio una vez sobrepasado el siglo de edad.

«Mi madre tuvo muchos disgustos y yo no pude disfrutar nunca. Era solo trabajar y trabajar», cuenta ella misma mientras asegura que ese es el secreto para llegar tan bien a tanta edad. Esta máxima la ha aplicado también con sus descendientes, sobre todo con los directos: «A las hijas hay que enseñarles desde pequeñas, decirles lo que es la vida y -de nuevo- lo que hay que trabajar».

Todavía hoy, en la medida en la que sus condiciones físicas y psíquicas le dejan, continúa haciéndolo. «Si veo una cosa que puedo hacer yo, pues se la quito a ella, pero me riñe porque no quiere que lo haga», dice refiriéndose a la técnica de atención sociosanitaria que le acompaña. Ahora ya no tiene que preocuparse de cuidar de nadie, pero, aun así, le es imposible no estar atenta a lo que ocurre a su alrededor para poder ayudar en todo lo que sea capaz. «Es la mayor y está pendiente de todos», manifiesta Gil.

«Se da cuenta de que la velocidad a la que la puede llevar a cabo algunas actividades es más baja, pero sigue empeñándose en ello porque es muy activa. Yo hay cosas de las que mando vídeos a la familia porque si no, no se lo creerían», señala Piedad Acosta, terapeuta ocupacional del centro. Manualidades, costura, disfraces… A cualquier cosa se apunta. Sus capacidades son cada vez menores, pero hasta hace relativamente poco todavía pintaba paredes subida encima de unas escaleras. «Son cosas que parecen una tontería, pero que entrañan cierta complicación. Ya quisiera yo con 106 años tener esa vista y esa psicomotricidad fina», añade Acosta.

Aunque parezca lo contrario, no todas sus anécdotas tienen que ver con estar siempre envuelta en alguna tarea. Vivir tantos años, con todo lo que ello conlleva, puede acabar generando una serie de conocimientos más certeros que incluso los de la medicina. Hace tiempo, una de las usuarias del centro se encontraba a punto de fallecer y, a pesar de que el médico le dijo a su familia que de esa noche no pasaría, Evarista sintió lo contrario. Le puso la mano en el corazón y, tras unos segundos, expresó su veredicto: «Todavía vive». Así pasaron los días hasta que, finalmente, notó que su compañera no iba a aguantar más.

Este es tan solo uno de los múltiples sucesos asombrosos de la vida de esta centenaria. En abril, dio positivo por covid-19 y tuvo que pasar unos días en el Hospital de Mérida. No solo venció al virus por completo, sino que, al volver a la residencia, también parecía recuperada de la operación de cadera que la tenía en silla de ruedas justo antes de su ingreso. Acosta, que en aquellos momentos se encontraba de baja, no daba crédito a lo que le contaban el resto de trabajadores de la Casa San José, pero con esta calamonteña es posible eso y mucho más.

Evarista Rubio en su salida del Hospital de Mérida hacia Calamonte / HOY

Ahora oye con muchas dificultades y no se acuerda ni de su edad ni de la mitad de las historias que tiene para contar, pero, mientras le quede algún resquicio de memoria, Evarista seguirá siendo todo lo feliz que una anciana dedicada casi por entero al trabajo puede ser, porque, como ella misma asegura, «lo más grande en este mundo es poder recordar».