Puerta del cementerio de Calamonte durante la mañana del Día de Todos los Santos / Lydia Sánchez

Respeto y comprensión en un Día de Todos los Santos marcado por la pandemia

Los vecinos han acudido al cementerio con un gran sentido de la responsabilidad y aceptando la necesidad de tomar medidas especiales

Lydia Sánchez
LYDIA SÁNCHEZ

Cuando el Ayuntamiento de Calamonte anunció el pasado 19 de octubre las medidas especiales que se tomarían con vistas a la celebración del Día de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, se provocó un cierto revuelo en redes sociales. Finalmente, la jornada del 1 de noviembre no solo ha terminado transcurriendo con tranquilidad, sino que, además, muchos de los vecinos que han acudido a visitar a sus familiares comprendían perfectamente la necesidad de dictar y seguir ciertas normas.

Alfonso Collado y Marceliana García acaban de superar el coronavirus en su casa, sin apenas síntomas, y cuentan que estaban deseando ir al camposanto. «Lo tienen muy bien dirigido. Las medidas eran necesarias y están de maravilla», manifiesta García. A Beatriz Custodio y Catalina Román también les parecían imprescindibles, si bien sugieren que podrían haberse aplicado unos días antes de la festividad. «Ayer y anteayer vino muchísima gente, esto parecía un circo», señala Román. Ambas han decidido asistir al cementerio el mismo Día de Todos Los Santos por seguir la tradición, aunque Custodio cree que «es algo absurdo; lo tienes abierto todos los días, puedes venir cualquier otro».

A Juana y Agustina Macías también les ha arrastrado su carácter tradicional. «Hace ya mucho tiempo que mi padre falleció, pero yo quería que este día estuviera alumbrado», apunta Juana mientras su hermana asiente. Las dos han procurado separarse del resto de personas y no hablar mucho para ir más rápido porque «la media hora se te va volando». Los visitantes solo pueden estar dentro treinta minutos, un tiempo que a casi todos se les hace corto, sobre todo a los mayores. Inés María Manzano piensa que «ni es mucho ni es poco», pero su madre, al escucharla, exclama en seguida que es insuficiente. Lo mismo opina Manuela Fernández, quien, si no llueve, suele tirarse en el cementerio todo el día. «Me parece poquito, pero el pueblo es muy grande y más no nos han podido dar, hay que adaptarse a las circunstancias», sostiene.

Bernarda Barrena, sin embargo, salió a los veinte minutos. «Yo personalmente no he agotado todo el tiempo, pero habrá gente que sí, dependiendo de si tienen muchos familiares». Es una de las pocas personas que se encuentra paseando por las calles de la localidad en una fría y brumosa mañana de otoño. Dice que apenas le costó conseguir cita, aunque hay otros vecinos que lo tuvieron más complicado. Beatriz Custodio, por ejemplo, asegura haberse visto «negra» para que le cogiesen el teléfono. «Somos muchos habitantes y claro, casi todo el mundo tiene a alguien aquí», reconoce su acompañante.

En lo que sí coinciden todos es en que al menos han podido visitar a sus seres queridos en un día tan señalado. «A mis hijos los he tenido que dejar en casa. No puede ser como otros años, pero después de todo hemos podido venir y estar ese ratito con nuestros familiares», manifiesta Manzano. Juana coincide con ella: «Ha sido diferente, pero hay que comprender que tiene que ser así. Gracias que por lo menos hemos venido».